Sobre las Heridas Invisibles
A veces, los niños no dicen lo que sienten, pero lo muestran. En cómo se relacionan. En cómo exigen atención. En cómo se aferran a lo que aman como si temieran perderlo.
Detrás de una conducta dominante o desafiante puede haber algo más profundo: miedo, dolor, inseguridad. No siempre se trata de “corregir un comportamiento”, sino de escuchar lo que hay debajo. Como decía Marco Aurelio: “Si puedes, corrige al otro; si no, corrígete a ti mismo.” Y entender a un hijo es, muchas veces, comenzar por mirar hacia adentro.
El estoicismo no es solo para templar el carácter propio, también es una herramienta para acompañar con sabiduría. Y en la crianza, la sabiduría no está en tener siempre la respuesta, sino en tener siempre la presencia.
No es fácil ver sufrir a quien amás, y más difícil aún es aceptar que muchas heridas vienen de lo que no supimos evitar a tiempo. Pero ahí, en ese punto, empieza el verdadero acto de amor: elegir no huir.
La herida que no se nombra, no se cura. Y lo que no se habla, se actúa.
En esos momentos, lo más sabio no siempre es hablar… a veces es simplemente estar, mirar con ternura, y ofrecer con paciencia una mano que no presiona, sino que acompaña.
Epicteto lo dijo mejor que nadie: “Tenemos dos oídos y una sola boca, para escuchar el doble de lo que hablamos.” ¿Y si aplicamos eso también en la crianza de nuestros hijos?
No siempre sabremos qué hacer, pero siempre podemos estar presentes.
Hasta la próxima, lectores estoicos.