Ir al contenido

Faro Estoico

Entre la lealtad y la lucidez

Hace unos días, en una charla entre amigos, surgió una discusión que se repite en muchos grupos últimamente. 

Aunque el tema era local, me di cuenta de que esa tensión (ese tironeo entre la lealtad y la verdad) se da en muchas partes del mundo, en distintos contextos. Uno defendía con firmeza, otro mostraba decepción. La tensión flotaba, y no por falta de argumentos, sino por lo que había detrás de cada palabra: afecto, historia, lealtades, frustraciones. Lo que pasa cuando algo o alguien en quien creías queda envuelto en algo que te hace dudar, te hace doler. Y ahí entendí algo que me viene enseñando el estoicismo desde hace tiempo: no importa tanto de qué lado estás, sino cómo elegís estar.

Porque cuando algo nos sacude (una decisión judicial, una acusación, una defensa apasionada) todos sentimos la misma tormenta interna: bronca, confusión, ganas de justificar, o de señalar con el dedo. Pero el estoico no reacciona como lo haría la tribu, sino como quien se detiene a observar el oleaje antes de lanzarse al agua.

Los que defienden a capa y espada lo hacen, muchas veces, porque necesitan creer que hay algo que sigue siendo cierto, que no todo está perdido. Los que se sienten traicionados, en cambio, cargan con una tristeza que no siempre se permite mostrar. Y ambos, sin saberlo, están mirando el mismo hecho desde ángulos distintos, pero con el corazón igual de revuelto.

Ahí aparece la frase que repito como mantra: no es el hecho lo que perturba, sino nuestra interpretación del mismo. Epicteto lo dijo hace siglos, y aún hoy nos sirve como ancla cuando todo parece polarizarse. Tal vez la pregunta no sea “¿quién tiene razón?”, sino “¿cómo puedo atravesar esto sin dejar de ser fiel a mis principios?”. Porque ser fiel no es defender a alguien a cualquier precio, ni tampoco condenar por instinto. Es tener el coraje de mirar las cosas como son, no como nos gustaría que fueran.

A veces, callar es sabio. Otras, hablar con serenidad es necesario. Pero lo que nunca deberíamos hacer es renunciar a la virtud por el apuro de pertenecer a un lado. La justicia, como la verdad, no entiende de equipos. Y cuando se tuerce, se tuerce para todos, incluso para los que aplauden creyendo que hacen lo correcto.

Por eso, en medio de tanta división, sigo apostando a lo que no se negocia: la honestidad con uno mismo. Podés equivocarte, podés cambiar de opinión, podés sentirte incómodo. Todo eso es parte del camino. Lo importante es no perder de vista el norte: actuar con rectitud aunque nadie te mire, aunque nadie lo celebre.

Porque al final del día, el mundo puede gritar lo que quiera… pero vos sabés a qué lobo estás alimentando.

Sigamos caminando. Que el ruido de afuera no ahogue tu voz de adentro.

Únete a nuestra comunidad!!
Comunidad Faro Estoico