Recientemente, tuve la oportunidad de sumergirme en la vibrante y colorida ciudad de Salvador de Bahía, Brasil. Un lugar donde la historia, la espiritualidad y la cultura convergen en una sinfonía única. Desde el momento en que puse un pie en esta tierra, me sentí envuelto en una energía que parecía fluir desde cada rincón, desde cada sonrisa, desde cada ceremonia. Pero lo que realmente capturó mi atención fue la profunda conexión que los habitantes de Salvador mantienen con su fe y sus tradiciones, particularmente a través del Candomblé y las cintas de colores del Señor del Bonfim.
Salvador es una ciudad que respira devoción. Caminando por las calles adoquinadas, me encontré con la iglesia del Señor del Bonfim, un lugar sagrado donde los fieles atan cintas de colores a las rejas mientras murmuran deseos, esperanzas, y oraciones. Cada cinta es una promesa, un vínculo entre el creyente y el universo, una tradición que podría parecer distante de la lógica estoica, pero que, al observarla con detenimiento, revela una conexión más profunda de lo que imaginamos.
En una de mis caminatas por el Pelourinho, el corazón histórico de Salvador, vi a mujeres vestidas de blanco, algunas de ellas ofreciendo cintas de Bonfim. Aunque no tomé ninguna en ese momento, más tarde, al comprar un recuerdo en una tienda en la playa, el vendedor me obsequió varias cintas de diferentes colores. Antes de entregármelas, me miró a los ojos y, con la ayuda de Numá, quien me tradujo, dijo algo que suele decirse a los viajeros curiosos: “Pida un deseo, pero recuerde que el mar solo devuelve lo que el viento no puede llevarse”. Sin saber el significado de cada cinta, utilicé una (de color azul) para pedir un solo deseo, el mismo deseo que he llevado y vivido conmigo estos últimos años. En ese momento, comprendí que no estaba solo en mi viaje. La cinta no era solo un símbolo de fe, sino una metáfora perfecta para la filosofía estoica.
Al igual que en el estoicismo, donde aprendemos a diferenciar entre lo que está bajo nuestro control y lo que no, en Salvador de Bahía se vive esta verdad de manera palpable. Las cintas de Bonfim y las ceremonias del Candomblé son una manifestación de la aceptación de la vida tal como es. Se pide un deseo, pero se acepta que el resultado final puede no estar en nuestras manos. Es el acto de desear y dejar ir, de vivir en el presente mientras se honra el futuro incierto.
Al reflexionar sobre esta experiencia, me di cuenta de que el Candomblé y el estoicismo, aunque aparentemente desconectados, comparten un núcleo común: la aceptación del destino, el entendimiento de nuestra posición en el vasto orden del universo, y la serenidad que proviene de esta comprensión. Como estoicos, practicamos el “Amor Fati”, el amor al destino; y en Salvador, vi este principio reflejado en las ceremonias y costumbres que celebran la vida en todas sus formas, sin temor al cambio ni a la incertidumbre.
Este viaje no solo fue un descanso placentero y una exploración cultural, sino que, al regresar a mi hogar se convierte en una meditación profunda sobre cómo las enseñanzas estoicas pueden encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en una tierra tan rica en creencias ancestrales como Bahía. Las cintas de Bonfim que traje conmigo no son solo recuerdos, son símbolos de una conexión espiritual que trasciende las fronteras filosóficas y religiosas, recordándome que, en cada rincón del mundo, la sabiduría estoica resuena, esperando ser descubierta.
Así que, queridos lectores, los invito a reflexionar sobre las conexiones inesperadas que podemos encontrar en nuestras propias vidas, a atar simbólicamente una cinta en nuestras muñecas, a hacer un deseo y a soltarlo al universo. Como bien dijo Epicteto: “No son las cosas las que nos preocupan, sino la opinión que tenemos de ellas”. En Salvador, me encontré con una cultura que ya sabía esta verdad, una cultura que, como nosotros, practica el arte de la aceptación y la serenidad.
Que las cintas de Bonfim nos recuerden que, al final, lo que realmente importa es cómo elegimos vivir cada momento.
¡Hasta el próximo post, lectores estoicos!